miércoles, 23 de septiembre de 2009

Columna Revista Capital


Houston, tenemos un problema
Artículo correspondiente al jueves 15 de septiembre de 2009

A meses de la cumbre de Copenhague, las potencias anuncian nuevas exigencias ambientales para la comercialización de productos. ¡Esos son nuestros mercados! ¡Esos son los estándares que nuestros productos deberán cumplir!

Los seres humanos amamos los símbolos. Se trata, entre otras cosas, de un mecanismo que nos permite resumir o sintetizar de manera simple, en imágenes o conceptos, ideas, aspiraciones o procesos más complejos.

Para el movimiento ambientalista y para todos aquellos con interés en las cuestiones medioambientales, uno de esos símbolos clave ha sido hasta ahora –casi como un mantra– la palabra “Kyoto”. Pero ya no más. Meses antes de que la próxima conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático tenga lugar en la ciudad danesa que lleva ese nombre, “Copenhague” es el nuevo símbolo ambiental mundial. Entre el 7 y el 18 de diciembre próximo, jefes de Estado, ministros, expertos y representantes de la sociedad civil de 192 países se reunirán para concordar los objetivos y acciones necesarias para combatir el calentamiento global.

La candidez insular que nos caracteriza lleva a muchos a preguntarse qué tiene que ver esto con nosotros. ¿No se realizan permanentemente decenas de conferencias internacionales cuyos efectos prácticos son casi inexistentes? Y aún si la conferencia fuera exitosa, ¿acaso no es cierto que países como el nuestro, cuya capacidad de producir emisiones de gases de efecto invernadero es todavía limitada, se encuentran liberados de la obligación de comprometerse con metas de reducción de emisiones? Incluso más: si uno de los principales productores de gases de efecto invernadero, Estados Unidos, ha evitado suscribir los compromisos de Kyoto, ¿por qué Copenhague debiera significar un cambio relevante de las condiciones y exigencias que ya existen hoy?

Eso es no entender nada. Vamos por partes.

Comencemos diciendo que uno de los principales free-riders en materia de calentamiento global, Estados Unidos, vive un cambio de dirección que tendrá impacto profundo en este campo. Por una parte, el presidente Obama ha comprometido la presencia de su país en la conferencia. Me dirán que es sólo un ejercicio diplomático o cosmético. Respuesta equivocada. En sus primeros meses de gobierno, la administración norteamericana no sólo incluyó 100 billones de dólares en gasto verde como parte del plan de estímulo económico, sino que a través de la Agencia de Protección Ambiental declaró al dióxido y a otros cinco gases de efecto invernadero como amenazas a la salud, entre otras medidas. En paralelo, la Cámara de Representantes norteamericana aprobó en junio pasado la American Clean Energy and Security Act, cuyo objetivo es alcanzar para 2020 una reducción de las emisiones de gases con efecto invernadero en un 17% comparándolo al nivel de 2005, y de 83% para el año 2050.

La Unión Europea se ha adelantado a Copenhague con su propio plan: Europa 20/20/20. Se trata de un ambicioso esfuerzo para lograr reducir sus emisiones de carbono en un 20% al año 2020 en comparación con las emisiones de 1990, reducir en 20% el consumo de energía y alcanzar un 20% de producción de energía primaria en base a fuentes renovables, también para el año 2020.

Mientras tanto, sabemos que importantes cadenas de supermercados que operan en Europa y Estados Unidos, como son los casos de Tesco, Casino y Wal-Mart, comienzan a exigir etiquetados ecológicos y, progresivamente, también de huella de carbono a los productos que esperan ser comercializados en sus locales.

Francia dicta la Ley Granelle 2 y establece que a partir de enero de 2011 los alimentos y sus derivados deberán informar sobre las emisiones de gases de efecto invernadero que generaron su elaboración y distribución. La exigencia es un requisito para la comercialización dentro del país de productos domésticos e importados y consagra legalmente la obligación de certificar la huella de carbono. La prensa nos informa, además, que el presidente Sarkozy ajusta los últimos detalles para anunciar un impuesto verde sobre el consumo de combustibles fósiles.

¡Esos son nuestros mercados! ¡Esos son los estándares que nuestros productos deberán cumplir!
Así, resulta imposible no recordar la voz de los astronautas en dificultades diciendo a través de la radio “Houston, tenemos un problema”.

Es cierto, bajo el liderazgo inteligente y tenaz de nuestra ministra de Medio Ambiente, Ana Lya Uriarte, un proyecto de ley que crea una nueva institucionalidad ambiental avanza en el Congreso, un programa de manejo de cuencas hidrográficas se desarrolla en zonas piloto, la normativa para control de emisiones de material particulado fino en nuestras ciudades va tomando forma y el ministerio de Agricultura desarrolla estudios para medir la cantidad de carbono que se libera a la atmósfera en los procesos productivos de los principales rubros agrícolas exportables… pero no basta.

El desafío que enfrentamos demanda un acuerdo político de envergadura, así como un trabajo de estrecha asociación entre agentes públicos y privados. No existe otra manera de permitir el tránsito gradual pero sostenido hacia la economía de baja intensidad de carbono que será nuestra llave de acceso al futuro.
Mientras tanto, seguimos discutiendo sobre el bono de marzo por 40 mil pesos…

1 comentario:

Carolina dijo...

Muy bueno... no conocia todas estas iniciativas... pero para cuando nuestros paises vengan a darse cuenta de que deben hacer algo, ya tendran el tiempo arriba, espero que despierten y tomen medidas oportunas...