viernes, 7 de mayo de 2010

Cura del Alma

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Cristián Warnken

Jueves 29 de Abril de 2010


Cura del alma


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Hay curas y curas. La palabra Sorge en alemán significa “cura”, cuidado. Hay curas que sanan y otros, en cambio, que enferman y envenenan lo que se les entregó para cuidar y curar. El abismo que separa a los unos de los otros es el mismo que el que separa la luz de la oscuridad, el mal del bien.

Están los curas de pueblo, bonachones y campechanos, cuya fe está cerca de la tierra (y, por eso, tal vez también del cielo) y con los cuales se puede tomar el vino consagrado en una rústica mesa familiar.

Está también la categoría de los curas de prédica aburrida y ramplona, que lo hacen a uno bostezar en misa, incluso cuando están hablando de los misterios más hermosos y elevados. Ellos no hacen el mal, sólo aburren. Hacen los domingos más tristes de lo que ya lo son.

En sus antípodas están los curas de retórica incendiaria, de carisma fuerte. Son atractivos, pero en esa misma atracción reside un peligro: algunos usan su especial energía y retórica contagiosa para generar incondicionalidades enfermizas y acríticas en fieles ávidos de alguien que les administre la vida interior. Y eso pasa porque el católico medio es muchas veces ignorante de su propia fe, flojo: no lee, no profundiza, prefiere que se le entregue un pan digerido, una papilla espiritual, que otros piensen por él. Para fieles así, es muy difícil distinguir la cizaña del trigo. El límite entre alguien tocado por el espíritu santo y un psicópata o pervertido es muy tenue, y la historia humana (y no sólo la de la Iglesia) está llena de ese tipo de impostores.

Tanto daño pueden hacer, que uno tiende a preferir incluso la fe tibia, “FOME” del sacerdote ramplón. Es cierto que ha habido “personalidades” apasionadas en la Iglesia, pero esos son un San Pablo o una Santa Teresa de Ávila, tan excepcionales como escasos y de otro nivel que los “santos” falsarios que hoy ocupan las páginas amarillas de los diarios del mundo. Qué duro ha sido desvestir esos “santos”, y qué doloroso está siendo para muchos creyentes de buena fe darse cuenta de que a los que veneraban eran, en realidad, asesinos de almas en serie.

Yo quiero rendir un homenaje, en esta hora de decepciones tan hondas, a los sacerdotes que “curan” el alma. Ellos no exigen una adhesión patológica: dan (sin esperar nada a cambio) amor y sabiduría, lo único esencial que necesitamos para cruzar en paz este valle de lágrimas. Los curas del alma, cuando predican la verdad, lo hacen sin estridencias, hasta con cierto pudor, no dejando espacios para peligrosos cultos a la personalidad.

Beltrán Villegas es uno de ellos. Experto bíblico, traductor de los salmos, nos traspasó su amor a la hermosa lengua hebrea, enseñó a muchos de mi generación a leer la Biblia con gozo e inteligencia literaria. Él nos hizo descubrir que Cristo era un poeta, y que la duda enriquece una fe sana. A él le hice las preguntas más difíciles, de él aprendí que ser católico no significa tapar el duro vacío que somos con comodines tramposos. Su manera exquisita de predicar era escuchar y dialogar sin límites. Por sacerdotes refinados intelectual y espiritualmente como él, que respetan la libertad y la intimidad sagrada de sus fieles, la Iglesia superará esta amarga crisis.

Una canción de Sui Generis, “¿Dónde está Dios, dime quién me lo robó?”, resume la pregunta lacerante de las víctimas de los abusos, pregunta que ha golpeado y emocionado al mismo Papa. Al contar su verdad, ellos están dando testimonio de un coraje interior que les ha faltado a quienes —desde las jerarquías locales— debieron acelerar los procesos de investigación todavía inexplicablemente inconclusos. Jesús está llorando en esta hora, su santa faz tiene vergüenza cuando mira a la cara a sus “representantes” en la tierra: nada lo violentaba más que la cobardía y el fariseísmo. Yo recuerdo, en cambio, la sonrisa sabia bajo una barba rala y los ojos limpios de Beltrán Villegas.