martes, 5 de octubre de 2010

5 de Octubre

Sergio Espejo


Recuerdo la oscuridad y la temperatura agradable de los minutos que preceden el alba. Mi hermano Miguel y yo caminamos en silencio por la calle. Alrededor de nosotros, decenas de otras personas caminan rumbo a los locales de votaciones en que actuarán como vocales.

Siento escalofríos, emoción, ansiedad. Algo mágico está ocurriendo. La convicción de estar viviendo un momento irrepetible me atrapa. Después de haber crecido en dictadura, de haberme acostumbrado al Chile que niega la existencia de muertes, torturas y represión (o lo que es peor, que las justifica), un Chile que a ratos parece cómodo con la falta de libertad, el alba del día parece anunciar el inicio de algo totalmente distinto en nuestras vidas.

Observo nuevamente alrededor. Me sorprenden algunas personas que caminan con pisos o sillas en las manos. Saben que la jornada será larga. Lo sabemos todos. Pero el silencio con el que caminamos, aún cuando tenso, rebosa de una libertad que nada puede detener.

No recuerdo otro momento en toda mi vida en que haya sentido con tanta fuerza que somos las personas, cada uno de nosotros, quienes “estamos a cargo”. Carabineros y militares siguen un ritual que me parece de otra galaxia: Responden a las instrucciones que dan los civiles a cargo de los locales electorales. ¡El país se puso de cabeza!...No es así. Chile comienza a ponerse de pie.

La luz del sol va inundando las calles. La noche de la dictadura se aleja a la misma velocidad con que el día avanza. No es suficiente. Lo se. ¿Qué podría serlo? Pero es el inicio. Un inicio que recuerdo con emoción y que, lejos de anclarme en el recuerdo nostálgico del pasado, me hace soñar con el futuro que estamos por construir.